
Análisis de obra
La amplia trayectoria de Francisco Zumaqué se refleja en un trabajo musical sólido y ecléctico, que encarna a la vez, la expresión musical local, la diversidad de la práctica popular y los lenguajes de la música académica contemporánea.
Una primera etapa de creación del compositor estuvo determinada por la cultura musical en la que creció. En bandas de música y orquestas populares pudo concretar sus primeras búsquedas por sonoridades novedosas y timbres llamativos. Utilizó ritmos de swing, introdujo baterías incitantes y trompetas en melodías agudas al unísono para desechar las estructuras repetitivas del repertorio popular que solía trajinar. Su talento pronto fue reconocido y aplaudido en el medio musical regional.
En las primeras obras en las que Zumaqué trabaja técnicas académicas se refleja un proceso de asimilación de lenguajes contemporáneos. En el Primer cuarteto de cuerdas -obra escrita en su etapa de estudiante en París- Zumaqué demuestra un estilo elaborado y complejo de lenguaje atonal, desarrollado a partir de experimentaciones rítmicas por encima de otros elementos musicales. Utiliza la superposición o alteración de un elemento libre con respecto a otro definido por una pulsación regular, y también la superposición de varios elementos libres que contribuyen como un todo a definir una pulsación regular.
Esta primera etapa comienza a resquebrajarse rápidamente cuando Zumaqué busca crear un lenguaje con un matiz propio. La idea que Nadia Boulanger le transmite a sus alumnos de indagar en sí mismos la manera más sincera y profunda de expresarse, la entiende y asimila Zumaqué. Compone obras fundamentadas en la abstracción de los elementos musicales de las expresiones tradicionales de su tierra natal. Ésta búsqueda se ve reforzada por su experiencia en varias temporadas de conciertos de jóvenes compositores en la Cité Universitaire; Zumaqué constata cuán distante se había convertido la relación entre los lenguajes contemporáneos y el público oyente. Decidió, entonces, preocuparse por establecer un contacto directo con quién escuchaba su música. Intentó escribir piezas que perduraran en la memoria del oyente. En esta búsqueda su composición se convirtió en un ejercicio ecléctico, flexible y versátil. Todo comenzó a ser absolutamente válido: serialismo, improvisación, aleatoriedad, politonalidad, elementos tradicionales, electroacústicos, populares, etc. Su propósito era crear obras sin basarse en unas reglas preestablecidas de una escuela o movimiento determinado y con ello lograr que su música fuera sentida y disfrutada.
En su ópera Simón -obra que conmemora el bicentenario del nacimiento del libertador- Zumaqué se embarcó en un proyecto de grandes dimensiones. La pieza se basa en un libreto que muestra a un héroe sumergido en una delirante reflexión sobre su propia vida, llena de contradicciones y recuerdos. El elemento aleatorio, llevado hasta el punto máximo, permea instantes de tensión mientras que el recorrido geográfico de la campaña libertadora se refleja en los diversos elementos de música tradicional (cumbias, joropos y carrizos). Emplea una densa orquestación con voces solistas, coro y coro de niños a los que se suman instrumentos indígenas como el yapurutú (flauta indígena amazónica), un conjunto de jazz, un grupo de música andina y un conjunto de cumbia. En algunos momentos, dado el elemento aleatorio, la compleja concepción musical-teatral es de notable confusión; gran parte del sonido se margina forzosamente frente a la alharaca de la turba y el recitativo de uno de los dos Bolívares sugiere una yuxtaposición temporal.
En el campo de la música electroacústica Zumaqué compone Cantos de mescalito. Es una obra basada en escritos de Carlos Castañeda cuyo tema es la utilización del Peyote en los ritos de iniciación de los indígenas Yaqui de México. Zumaqué se inspira en la imagen de las alucinaciones indígenas para buscar una sonoridad asociada a lo supra-real con base en cintas magnetofónicas manipuladas electrónicamente y la recitación de unos fonemas sin sentido. Incluye también un bailarín y un trombón solista. Pikkigui, Canto al chontaduro, también una obra electroacústica, parte de en una sola línea melódica de base que genera todas las voces, las armonía y los ritmos. Esto lo logra al manipular, de diversas formas, la grabación de la voz, lo que da como resultado un ambiente hipnótico, orgánico y de tipo percutivo, donde el silencio también se convierte en elemento central.
Zumaqué es heredero de las ideas acerca del movimiento trabajadas por Nadia Boulanger. Para el compositor el movimiento es esencial: movimiento desde el comienzo hasta el final, movimiento desde un punto armónico hasta el próximo en el gran contexto, movimiento y dirección en cada hilo del contrapunto, movimiento por elementos de timbres y dinámicas. Con base en estas nociones escribió 1492.Génesis, obra encargada por la comisión del V Centenario en 1992. En formato sinfónico Zumaqué realiza una búsqueda de texturas electroacústicas mediante la experimentación de la sumatoria de timbres e intensidades, gamas de dinámicas, y la obtención de sonoridades particulares a través de la combinación instrumental. Dúos de clarinete y fagot, viola y violonchelo, xilófono y vibráfono, realizan simultáneamente los mismos motivos rítmicos y se funden finalmente en un bloque sonoro.
El elemento localista se plasma en obras como Onomá y Eleguá para cuarteto de percusión. En ellas están presentes elementos rítmicos afrocolombianos presentados de manera evidente con la marimba como instrumento protagónico. Los tambores y maracas hacen un acompañamiento basado en células de la música tradicional del pacífico y atlántico colombiano.
Con la intención de innovar en un lenguaje musical popular latinoamericano y particularmente caribeño, Zumaqué escribió Macumbia en 1984. En esta pieza reúne gaitas, maracas, flauta de millo, diversos tipos tambores, trombones, clarinetes, piano eléctrico, sintetizador, batería de jazz y tumbadoras. Es una obra muy original para la época en la que fue escrita, es un replanteamiento de la música popular nacional ya que se abre hacia lenguajes más internacionales como jazz y rock combinados con la cumbia, de allí su nombre. Según se define en la carátula del disco “Macumbia refleja una creación lingüística que aúna el trance de una génesis en América, recuerdos bantúes del Congo y Angola y un dibujo de la sociedad colonial, en cuya expresión danzante se trenzaron el indio, el negro y el europeo”.
La cantata sacra Ciénaga de Oro es una de las últimas obras de Zumaqué compuesta en el desarrollo del Taller de las Utopías. En nueve movimientos, Ciénaga de Oro incorpora recursos populares de la región de Córdoba en un formato sinfónico-coral. Su estructura está determinada por la cronología de las manifestaciones religiosas del pueblo de Ciénaga de Oro. El formato orquestal incluye un clarinete y un bombardino como instrumentos solistas que rememoran la tradición de bandas de las sabanas de Córdoba.
Sin duda, la canción más reconocida y escuchada de Francisco Zumaqué es Colombia Caribe. Inicia con el canto de unas sílabas que simbolizan los tradicionales cantos de vaquería y luego unos versos que se repite con las palabras “Sí, sí, Colombia, Sí, sí, Caribe” que expresan explícitamente un sentido de nacionalidad. Como el mismo Zumaqué lo afirma fue escrita con la intención de ser escuchada y repetida instantáneamente por un público masivo, el mismo público multitudinario al que ha querido siempre acercarse con sus obras a través de un lenguaje contemporáneo y localista.
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