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Compositores > Guillermo Uribe Holguín
Guillermo Uribe Holguín
n. Bogotá, 17 de marzo de 1880 – m. Bogotá, 26 de junio de 1971

Biografía

En 1941, el ya famoso compositor Guillermo Uribe Holguín publicó su autobiografía, Vida de un músico colombiano, la cual aparece no sólo como un simple recuento anecdótico de su vida y carrera, sino como una justificación a su retiro definitivo de las actividades musicales públicas en Colombia. La holgada situación económica de la cual gozó el compositor, le permitió recluirse durante los treinta años que siguieron a la publicación de su autobiografía y consagrarse a su familia, a los negocios cafeteros y a su ocupación favorita: la composición musical.

Uribe Holguín nació en Bogotá el 17 de marzo de 1880. A los once años comenzó sus estudios en la Academia Musical y en un lapso de cuatro años logro asimilar cuanto allí se le ofrecía. Su talento excepcional hizo que en el mismo liceo se convirtiera en instructor de violín a la edad de quince años. Los primeros pasos como compositor fueron dados al teclado, mientras entretenía familiares y amigos improvisando pasillos en las veladas sociales propias de su época y posición social.

A comienzos del siglo el gusto musical bogotano se hallaba dominado por la zarzuela, la ópera y las obras de compositores pre-clásicos poco recordados hoy en día como Pinsutti, Dellinger y Gabussi, lo cual Uribe Holguín quiso modificar con la consecución de nuevas partituras, en especial reducciones sinfónicas y música de cámara.

La imperiosa necesidad de ampliar sus conocimientos musicales lo llevó a Nueva York en 1903. Allí se encontró, por primera vez frente a las maravillas de una orquesta sinfónica, el espectáculo de la ópera y agrupaciones de cámara de indudable calidad. En particular, se sintió atraído por la música y la técnica de dirección de Richard Strauss, por la presentación de Parsifal y por la maestría del Cuarteto Kneisel. Y aunque tenía intenciones de residir en Nueva York, problemas familiares lo obligaron a abandonar la ciudad sin haber logrado sobreponerse a la timidez que le impidió presentar sus composiciones ante el público y los críticos norteamericanos.

Su regreso a Bogotá, en 1905, se vio marcado por la decisión de conformar una nueva orquesta sinfónica; a pesar de haber comenzado su empeño con pocos músicos y contados instrumentos, logró una base sólida para la que hoy en día es la Orquesta Sinfónica Nacional de Colombia.

En 1907 abandonó el país de nuevo, con una beca que le otorgó el gobierno colombiano para estudiar violín y composición en la Schola Cantorum, que a la sazón dirigía Vincent d'lndy (1851-1931).

Lograr un diploma de composición en la Schola requería la asistencia a cursos durante seis o nueve años. Sin embargo, el diploma secundario de éleve titulaire de composition podía obtenerse después de dos a cinco años de estudio. Uribe Holguín, según indican los registros de la Schola, elaborados por el propio d'Indy, logró completar en tres años, los requisitos para este último. Armand Parent fue su maestro de violín y más tarde, en Bruselas, tendría oportunidad de recibir algunas lecciones del afamado violinista César Thomson.

Existía una verdadera competencia entre la Schola Cantorum y el Conservatorio de París, representada en los estilos divergentes de sus dos directores, d'Indy y Debussy. Aunque se admiraban mutuamente, sus alumnos se encargaron de forjar una polémica que llevó a tensionar las relaciones entre los dos compositores. Durante diez años scholistas e impresionistas se enfrentaron en una guerra fría producto de la discusión de la teoría de d'Indy, según la cual la armonía sería el resultado del contrapunto. Uribe Holguín estuvo en París en los momentos más acalorados de esta controversia; participó activamente refutando los ataques lanzados por Jean Marnold y Emile Vuillermoz contra d'Indy. Sus escritos en el Mercure de France, Le Courier Musical y L'Occident dieron a conocer el nombre de este colombiano en el medio musical de París.

Pero desgraciadamente, su participación en la disputa le impidió conocer a Debussy o estudiar su música. Pensaba Uribe Holguín que un encuentro con el compositor sólo podría llevar a mayores disgustos. Años más tarde, movido por un serio interés en el impresionismo, se arrepentiría de no haberle conocido y de no haber establecido contacto con las tendencias más avanzadas de la música moderna.

No hace Uribe Holguín mayores comentarios sobre las razones que lo llevaron a la Schola Cantorum. Admite haber sido admirador de d'Indy y haberse sentido profundamente conmovido cuando le conoció personalmente el día del examen de admisión a la Schola. Se podría especular que Uribe Holguín se sentía atraído por el prestigio del que la Schola gozaba en el mundo hispánico: Isaac Albéniz y Joaquín Nin habían sido profesores allí; Usandizaga uno de sus alumnos y Turina, su compañero de estudios.

Por otra parte, recordemos que d'Indy perpetuaba una tradición sinfónica sobre la cual anota N. Demuth:

Vincent d'Indy es el verdadero padre de los sinfonistas franceses tardíos, y no sólo los franceses, porque contaba con alumnos de otras tierras; el número de estudiantes suramericanos que vino a la Schola es absolutamente sorprendente.

Es lógico que por tal razón Uribe Holguín buscara la instrucción de un maestro como d'Indy, ya que la magia de la música sinfónica apenas comenzaba a vivirse en Colombia, más de un siglo después de su plenitud europea.

En general Uribe Holguín consideró su permanencia en Europa un éxito: sus composiciones recibieron una calurosa acogida por parte de d'Indy y de sus compañeros. La primera sonata para violín y piano Op. 7 se ejecutó en tres ocasiones. Publicada por Alphonse Léduc, fue objeto de críticas muy favorables.

En París conoció a la mujer que sería su esposa, Lucía Gutiérrez Samper, pianista que se convirtió en su compañía y fuente de inspiración aún después de su temprana muerte en 1925.

Realizó muchos viajes en esos tres años, de los cuales recordaría de manera especial la asistencia al Festival Mozart de Munich y el Festival Wagneriano de Bayreuth. Años más tarde su contacto con la música de Wagner se reflejaría en su única ópera Furatena de 1940, con su propio libreto e inspirada en mitología indígena.

Estableció una sólida amistad con los españoles Joaquín Turina, Manuel de Falla y Felipe Pedrell. Este último, figura decisiva en la escuela musical nacionalista española, ejerció una gran influencia sobre Uribe Holguín y fue a instancias suyas y frente a las posibilidades de dar nuevos giros al movimiento musical de su país, por lo que regresó a Colombia en 1910, el primero de 25 años de intensas labores.

El entonces ministro de instrucción pública lo nombró director de la Academia Nacional de Música, la cual atravesaba uno de sus momentos más críticos. Dos reformas inmediatas introdujo Uribe Holguín en su afán de fijar nuevas metas y emplear otros métodos: elevó la Academia a nivel de Conservatorio y estableció un estricto sistema de exámenes de admisión. Fundó además la Revista del Conservatorio, la cual escasamente sobrevivió un año, pues no logró mayor circulación ni suficiente apoyo financiero.

Sus actividades no se limitaron a la dirección del Conservatorio. Además de velar por las bandas militares de la ciudad y su música religiosa, asumió por segunda vez, la dirección de la Orquesta del Conservatorio. El repertorio escogido para sus audiciones reflejaba sin duda, el gusto de su director: obras populares de los barrocos y clásicos, piezas del romanticismo francés y ejemplos de diversos estilos nacionales europeos. La lista de obras interpretadas bajo la batuta de Uribe Holguín aparece a manera de apéndice en su autobiografía. En 1922 la orquesta tuvo la capacidad de acompañar a renombrados solistas como por ejemplo, a Ignaz Friedman, Claudio Arrau, Joseph Matza, Efrem Zimbalist y Leopoldo Premyslav.

Hasta 1924 rechazó la posibilidad y la validez de incorporar elementos propios de la tradición musical popular colombiana en su lenguaje musical. Aparte de algunos patrones rítmicos, Uribe Holguín consideró, hasta entonces, que la música colombiana era pobre y carecía de interés armónico y melódico. Su desdeño inicial por la música tradicional lo colocó en una posición poco favorable ante los críticos contemporáneos, quienes se encontraban ansiosos porque se emulara la obra de otros compositores latinoamericanos, en especial aquella de los mexicanos y brasileños. El mismo Uribe Holguín comenzó a experimentar con un estilo nacional. En 1924 compuso la Sinfonía No. 2 Op. 15 “Del Terruño" en donde hace uso de melodías y ritmos colombianos y desde ese momento en adelante incorpora expresiones populares en su obra. Muchas de sus canciones fueron inspiradas de textos de poetas colombianos; se basó en la mitología indígena para la composición de Furatena y sus dos poemas sinfónicos Bochica y Ceremonia indígena; exploró ritmos de danza en sus Tres ballets criollos y sus 300 Trozos en el sentimiento popular, como también en otras piezas orquestales. El uso repetido de elementos musicales colombianos le ganó el título del más grande compositor nacionalista colombiano, de cuya validez dudaba el mismo compositor.

A partir de 1930, con la llegada de Antonio María Valencia (1904-1952) a Bogotá, se inició un debate acalorado en torno a la marcha del Conservatorio. Las sugerencias de Valencia estaban encaminadas hacia la reducción del número de cursos y la duración de los mismos, requeridos para lograr cualquier diploma otorgado por el Conservatorio. Valencia proponía que los programas fueran cortos, eficientes e iguales para todo el alumnado. Uribe Holguín creía en la instrucción flexible e individual en donde cada estudiante progresara a su propio ritmo, sin límites de tiempo para llenar los requisitos. Valencia reaccionaba a las exigencias de un instituto más grande y moderno.

Las críticas aumentaron y tuvieron eco en la recién formada Dirección Nacional de Bellas Artes a la cual estaba adscrito el Conservatorio. Como resultado de estas críticas el compositor renunció a sus cargos de director del Conservatorio y de la orquesta. Cesó su participación activa en la vida musical del país y se retiró lastimado y amargado, sentimientos que actuaron como catalizadores de su autobiografía.

El trabajo y la dedicación del compositor no pasaron desapercibidas. El mismo año de su retiro fue condecorado con la Cruz de Boyacá, el mayor honor para un civil en Colombia. Se le condecoró también con la medalla cívica del General Santander, se le nombró director honorario de la Orquesta Sinfónica y profesor honorario de la Universidad Nacional a la cual se añadiría el Conservatorio. En Francia, había sido condecorado como caballero de la Legión de Honor.

La labor pionera de Uribe Holguín puede compararse con aquella de Alberto Williams (también alumno de la Schola) en Argentina, Manuel M. Poce en México, P. Humberto Allende en Chile y Alberto Nepomuceno en Brasil.

En 1975 los familiares del compositor y el Patronato Colombiano de Artes y Ciencias reunieron sus esfuerzos para crear la Fundación Guillermo Uribe Holguín, encargada de conservar y hacer conocer su obra.

 

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